La reflexión de El Principito sobre las apariencias: “Fui muy tonto en aquella época. Debí juzgarla por sus actos y no por sus palabras”


En un momento de El Principito, la genialísima novela de Antoine de Saint-Exupéry, el protagonista revisa los motivos que lo llevaron a alejarse de la flor.
Ella, según la trama, se mostraba orgullosa, contradictoria y caprichosa y él llegó a darle demasiada importancia a quienes lo criticaban. Pero había otra realidad delante de sus ojos: la flor perfumaba e iluminaba su pequeño planeta.
A raíz de esta contradicción, El Principito esboza esta frase inigualable: “No supe comprender nada entonces. Debí juzgarla por sus actos y no por sus palabras”.
La frase contrapone lo que la flor decía con aquello que hacía y convierte ese desencuentro en una enseñanza sobre la dificultad de tener una perspectiva realista cuando uno ama o admira a alguien.
También plantea la necesidad de la reflexión sobre las apariencias, el amor y las relaciones humanas.
En definitiva, las palabras pueden confundir, pero los actos son inapelables. El lado conmovedor y que abre a una enseñanza es que el protagonista comprende esta lección demasiado tarde, al recordar su relación con su flor.
Otro de los puntos de análisis que incluye la nota de El Confidencial es la advertencia frente a las apariencias. Al hacer una retrospectiva, el protagonista descubre que detrás de las “pobres astucias” de la flor existía una ternura que él fue incapaz de reconocer.
Acá, siguiendo la nota de El Confidencial, la lección que transmite es que el desafío es mirar a cada persona más allá de sus contradicciones y darle importancia a la manera en que está presente en nuestra vida. Eso no significa que las palabras no tengan valor, sino que, aisladas de los hechos, pueden ofrecer una imagen incompleta.
El propio Principito reconoce el error al lamentar su marcha: “¡No debí haber huido jamás!”.
También deja al descubierto un nuevo ítem central de este texto maravilloso: la prueba que implica aprender a amar. “Pero yo era demasiado joven para saber amar”, admite el personaje.
En su caso, la juventud no parece limitarse únicamente a la edad. También tiene que ver con la falta de experiencia para interpretar los sentimientos y aceptar las paradojas propias. Puede decirse que la flor tenía espinas y vanidad, pero también proporcionaba perfume, luz y una compañía irrepetible.
Por eso, la enseñanza que deja esta frase no consiste simplemente en desconfiar de las palabras. Invita a observar los actos, reconocer el afecto que puede esconderse detrás de las apariencias y reconocer el valor sin necesidad de distancia.
El Principito, como resume el sitio Cultura Genial, narra la historia de un piloto que, mientras intenta reparar su avión averiado en medio del desierto del Sahara, se topa con un pequeño príncipe proveniente del asteroide B 612. Él le pide insistentemente que le dibuje un cordero y que nunca olvide una pregunta.
El piloto empezará a descubrir el fascinante recorrido del principito, que comienza en su asteroide, donde vivía con tres volcanes y se entretenía arrancando las malas hierbas y viendo puestas de sol.
Un día, en el suelo del asteroide, nace una flor. El principito la cuida y atiende con dedicación, pero la flor es dramática y caprichosa, y esto le molesta. Entonces, decide abandonar su hogar y emprender un viaje por el universo en busca de un amigo.
En la travesía, que llevará al principito a visitar varios asteroides hasta llegar a la Tierra, conocerá a un variado grupo de excéntricos personajes que lo convencen de lo extraño que es el mundo de los adultos.
También entrará en contacto con animales, flores y personas. Será allí donde, antes de encontrar al piloto, conocerá al zorro, quien le revelará la importancia de la amistad y el valor del amor que siente hacia su flor. Será la nostalgia por ella y la decepción que le causa el mundo de los adultos lo que lo motivará a regresar a su planeta.
Fuente: www.clarin.com



